martes, 17 de abril de 2012

Ocurrió en Escocia

La niebla, espesa y blanquecina, serpenteaba por las riberas y bosquecillos, aún en penumbras, del Loch Locmond, donde el tronar de decenas de cascos de caballos al galope y el metálico estruendo de las pesadas armaduras, invitaban a pensar en un pequeño ejército en desbandada.

Sin rumbo, sin destino, sin esperanza…
 
Muchos fueron los que pensaron, en aquellos tiempos oscuros, que la sola fuerza de las armas y el valor serían suficientes argumentos para conseguir lo que ya otros habían intentado antes, sin éxito alguno.
Otros, los menos, evocaron y se encomendaron a una religión que, otrora rica y poderosa, solo podía influir en la voluntad y determinación de los desdichados caballeros quienes, lejos de su natal Inglaterra, huían hacia ninguna parte.
 
La decisión está tomada y Caliburn, tesoro forjado en las fraguas artúricas, no caerá en manos de los poderosos normandos, letales enemigos de la todavía bisoña corona inglesa.
Aquel remoto lago, en una de tantas frías auroras escocesas, sería el único testigo de la sublime y desesperada muestra de valor, o inconsciencia, del pequeño grupo de desdichados guerreros, de ilustre y noble apellido.
 
Uno a uno, con sus monturas y pertrechos, fueron adentrándose en las oscuras y gélidas  aguas portando, el caballero de mayor linaje, la valiosa espada en sus enmalladas y firmes manos.
Huellas, reflejos plateados, relinchos sordos, suspiros ahogados, resignación, dolor y silencio, mucho silencio.
 
Custodios para la eternidad.
 
La leyenda de Caliburn, la espada mágica, había comenzado.
 
Y el alba ahogó la noche….

No hay comentarios:

Publicar un comentario