martes, 17 de abril de 2012

La fuga

Me sigue.
Sus largas zancadas acortan la distancia entre nosotros mientras me adentro en el bosque. Mis zapatos resbalan en la hierba humedecida y estoy por caer a cada segundo. La penumbra es casi absoluta. A pesar de todo, si miro por encima de mi hombro, le observo. Una silueta negra. Ominosa. Ahora le escucho.
—¡Deténgase!
Ni en sueños. Aprieto el paso y tropiezo con las raíces de un árbol. Avanzo como equilibrista un par de metros pero es inútil. Caigo cuan largo soy. No puedo levantarme. ¿Qué será de mí? Se acerca paso a paso. La hojarasca cruje debajo de sus botas. Ya está. Se ha detenido junto a mí. Extrae con calma un objeto metálico del bolsillo y me apunta.
Es el fin.
—¿Qué demonios está usted haciendo?
La luz de su lámpara me enceguece. El guardia del hotel lo nota y la retira.
—Salí a caminar.
—Puede cogerlo algún oso.
—Aquí no hay osos.
—No rezongue. Venga conmigo.
Me ayuda a ponerme de pie. Mientras caminamos de regreso, no deja de mascullar.
—Lo que nos faltaba. Chalados que se salen a caminar en plena madrugada.

Imposible no hacerlo. No a diario se tiene a mano un paisaje como éste. Con osos o sin ellos.

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