lunes, 29 de abril de 2013

LA NIÑA DEL CORAZÓN ROTO


Estaba de pie, expectante a un metro de sus retinas. Tenía los ojos enormes anclados en la cara pálida, podría decirse traslucida, como una luna de vidrio. “hola doctor”, susurro la niña, con su camisón de pediatría, con voz de lluvia, no de persona y de pronto aquella voz se torno conocía y punzante, como un aguijón de hielo.
Tres horas después petrificado, se llevaba las manos sudorosas a la frente ante unos informes absolutamente normales. Parpadeo fuertemente en un último intenso de invocar la lógica con su dura cabeza de cirujano, pero allí seguía ella, con sus tonalidades propias, neutras, reales. Ahora se lo tornaba a su lado, como una luciérnaga, con los labios violárselos y perfumados. Entonces, decidido, se incorporo.
“¿A dónde vamos?”, pregunto apáticamente la niña “a psiquiatría”, confesó, ofreciéndole su mano de forma instintiva. Ella se aferro a sus dedos con su pequeña mano helada, de cristal.
Cuando la psiquiatra, cubierta por una bata de un blanco absoluto, abrió la puerta que le separaba de su compañero, el ya la esperaba.- “hola Luis, voy a buscar un poco de agua. Cuando regrese empezaremos por hablar sobre que ocurrió en aquella operación, ¿de acuerdo?” comento mientras le invitaba a sentarse.
Se dejaron caer sobre un sillón color marfil, en el que la niña parecía mimetizarse. El cirujano cardiaco anclo una vez más su mirada en la criatura, blanca como una muerta, en sus ojos enormes y sus orejas de ceniza. Ella, con su corazón roto le sonrió.
Entonces lo supo. No por sus años dedicados al estudio de la medicina. Lo sintió cuando la niña dejo de balancear sus piernas y apretó la mano tiernamente, para susurrar en el dialecto de la lluvia una última frase indescifrable.
Y con un miedo casi irracional, con el terror del universo en la carne, como buen médico se quedo a espera. Solo, en el despacho absolutamente vacío.

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