lunes, 29 de abril de 2013

HIJOS DEL REPUDIO

La sirena militar me devolvió a la realidad. Aquel sonido estridente y rabioso penetraba por todas y cada una de las ventanas de los barracones, anunciándonos, como cada día, que el tormento comenzaba. Atiné a levantarme sin mucho esfuerzo. Al llegar al lavabo, ya podía oír los lamentos por los pasillos. Gritos secos de dolor e impotencia contenida.
Froté mi cara con el poco jabón que quedaba en la encimera. Me miré al espejo con resignación. Y volví a hacerlo cada vez que, en un afanado intento de aclarar la espuma impregnada en mis cicatrices – ahora abiertas –, echaba agua fresca para mitigar el dolor que las avivaba. Tras secar las gotas que se deslizaban por mi cuello, cogí aquel viejo maletín de mujer que, guardado con mimo y cautela bajo vetustas cajas de correspondencia, hacía de mis días de destierro, un suplicio; una condena diaria de apariencia.
Fuera retumbaban los gemidos de todas aquellas personas que sin quererlo, se vieron recluidas en una ciudad de repudiados y almas en pena. Al entreabrir la persiana, el dantesco espectáculo invadía, una mañana más, mis pupilas mancilladas por el sufrimiento de saberme vivo y espectador cómplice de aquel teatro. Errantes, nauseabundos, apestados... caminaban hacia el único refugio que se les había proporcionado sin más; aquella lúgubre e inacabada iglesia de bloques grisáceos atestada de palomas. Guarida del pensamiento de los creyentes. Remanso inquieto de falsos anhelos en el que yo, por designios insurrectos, me había convertido en tabla de salvación de todas aquellas miradas anónimas venidas a menos.
Maquillé mis úlceras hasta hacerlas casi desaparecer. Tapicé mis piernas con abundantes polvos talcos que camuflaban aquel olor putrefacto que arrastraba desde hacía ya varias semanas. Las cubrí con delicadeza hasta comprobar que mis lesiones no se alcanzaban a vislumbrar. Al salir a la puerta, comenzaba la función. La ladera, el santuario, aquella fantasmagórica e imponente cruz de hormigón. En las medianías, Arico. En la puerta, todas aquellas personas inquietas; hijos del repudio a la espera de una bocanada de esperanza que ni yo mismo tenía. Ni Dios ni Fe. El infierno tenía nombre, Abades, y nos había tocado vivir en él.

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